El desarrollo inteligente: MEDICINA PARA LA SALUD

Por: María Juncos

“Sal a caminar,
no estés quieto: te vas a enfermar,
detenerse sin razón
afecta la circulación…”

 

Roy Brown

El dogma económico de crecer indefinidamente para asegurar el progreso ya comienza a ser una fábula del pasado. Hoy observamos los umbrales de la insostenibilidad en casi todos los renglones como resultado del desarrollismo desde mediados del siglo pasado: áreas urbanas abandonadas y deterioradas, los recursos de agua contaminados, el cambio climático, la inseguridad alimentaria, el límite del endeudamiento, el alto porcentaje de pobreza en la población y el deterioro de la salud pública son algunos ejemplos. Estamos viviendo los impactos del crecimiento desmedido y la salud de nuestra gente también se ha visto afectada

En el uso del territorio es donde mejor podemos apreciar, visual y físico-espacialmente, la obsesión de sostener este crecimiento a toda costa. Hemos consumido el territorio isleño ineficientemente y de prisa. En solo unas décadas el impacto ha sido contundente. Miramos a nuestro alrededor y vemos un paisaje con una huella construida casi de costa a costa y una huella de baja densidad fuera de los centros urbanos, lo que comúnmente conocemos como “desparrame urbano”.

Algunas de las características de este tipo de crecimiento insostenible son las largas distancias que separan las áreas residenciales de las comerciales, la excesiva red de carreteras y la falta de alternativas de transportación. Esto se debe, mayormente, a la zonificación que favorece un solo uso en áreas específicas. Como resultado, los lugares donde vivimos, trabajamos y compramos están segregados. No están a distancias razonables, ni con alrededores que inviten a caminar. Esto imposibilita independizarnos del automóvil. Solo en los centros urbanos históricos, y varias cuadras alrededor de éstos, encontramos algunas distancias caminables con aceras cómodas para el peatón. 

Junto con el desparrame urbano también creció el peso de la población, un tema que apenas se discute en los foros pertinentes. Cuando vivimos en áreas urbanas compactas que posibilitan hacer las diligencias a pie, en transporte público o bicicleta -como en ciudades de Europa y Estados Unidos-, la actividad física se vuelve parte de los quehaceres diarios. ¡No hay que pagar para ir a un gimnasio! En Puerto Rico, la falta de espacios peatonales y la dependencia en el automóvil para todo promueve un sedentarismo que nos mata. Salimos de nuestros hogares y nos sentamos en el auto para ir al trabajo o hacer las diligencias -con estacionamientos a pasos de los edificios para no caminar mucho-, luego nos sentamos en nuestros escritorios, a medio día buscamos el almuerzo por un servicarro, volvemos a nuestros hogares sentados en el auto, cenamos, leemos o vemos televisión sentados y, por último, nos acostamos a dormir para repetir la rutina al otro día. En nuestra cultura suburbana automovilística, caminamos mucho menos que las personas en ciudades compactas y con alternativas de movilidad. 

Por otro lado, la mayoría de nuestras aceras están abandonadas, rotas, con basura, y sin árboles que den sombra, fresco y un ambiente atractivo para caminar. El desuso las convirtió en estacionamientos para autos.

¿Y el transporte colectivo? El uso de la transportación pública disminuyó drásticamente en los pasados treinta años mientras la tenencia de vehículos aumentó.  Puerto Rico es uno de los lugares en el mundo con mayor densidad de vehículos por habitante, ¡casi un vehículo por persona! Las razones son varias. No solo desarrollamos priorizando al automóvil, sino que, además, el servicio de nuestro sistema de guaguas públicas no es de calidad. No hemos construido para densificar con viviendas y comercios los alrededores del Tren Urbano para hacerlo viable, y carecemos de una red supramunicipal de autobuses eficientes o trenes livianos. Aunque a principios del siglo pasado tuvimos un tren que pudo haber evolucionado a un sistema integral de transporte colectivo alrededor de la isla, la planificación urbana lo descartó para imitar el “sueño americano” estadounidense, favoreciendo la venta de automóviles. En el proceso, se nos olvidó crear hábitats urbanos saludables para la ciudadanía. Así que hoy somos muy pocas las personas que nos aventuramos a caminar a las paradas de guagua o a las estaciones del Tren para usar el transporte colectivo.

Publicaciones científicas del American Journal of Public Health, el American Journal of Health Promotion y de la Escuela de Medicina de Johns Hopkins revelan que existe una relación directa entre el desparrame urbano, el sedentarismo y el sobrepeso. Esto, a su vez, trae otros problemas de salud como la hipertensión, enfermedades cardiovasculares, diabetes, ansiedad, depresión y hasta el riesgo de cáncer. 

Mientras más crece la huella construida desparramada, dependiente del automóvil, más puede crecer, a la vez, nuestro índice de masa corporal si no buscamos alternativas para mover el esqueleto. Datos del Centro de Prevención y Control de Enfermedades y del Departamento de Salud de Puerto Rico revelaron que el 65 por ciento de las personas puertorriqueñas está sobrepeso u obesa y que, en las próximas décadas, esta proporción podría subir a un 85 por ciento. ¡Hemos construido un Puerto Rico que desalienta la actividad física y fomenta el sedentarismo! El desarrollo inteligente es un antídoto para este mal y para otras enfermedades relacionadas, pues crea espacios urbanos que promueven la actividad física y disminuyen significativamente la cantidad de horas que nuestro trasero está sobre el asiento del automóvil.   

El desarrollo inteligente es un concepto de carácter universal que recoge las mejores normas urbanísticas sensitivas al medio ambiente y a la salud de las comunidades. Este concepto se encuentra dentro del contexto del desarrollo sustentable: desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad para que las futuras generaciones puedan satisfacer sus propias necesidades.

El desarrollo inteligente tiene diez principios, bajo los cuales hay un sinnúmero de estrategias que propician comunidades caminables, agradables y solidarias para beneficio de nuestra salud.  A continuación, los principios y cómo ayudan a que estemos mejor:

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